Dubai, completo - Texto Propio

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Dubai; título original: aparezco en ciudad perdido, qué hago?

Aparezco en la playa, tumbado sobre los incontables granos de arena que una vez ahí fueron puestos. Aparezco en la playa, tumbado sobre los incontables granos de arena que una vez ahí fueron puestos.

Abro los ojos, poco a poco, y voy entornado y ajustando la distancia de mi cristalino para poder ver en la distancia. Los párpados me pesan y mi cerebro obliga, en un movimiento involuntario, a cerrarse. Sin previo aviso. Los vuelvo a abrir y tiempo incontable estoy con las repetidas. 

Cuando consigo ver en la lejanía, diviso una ciudad. Por el imponente edificio de más de 800 metros, parece el Burj-khalifa. Esto me indica que estoy en Dubai, en una de sus muchas playas artificiales. Tocando el suelo medroso con  los pies descalzos y el sol intenso de oriente penetra mis siete capas de piel y las dos extras de tatuaje negro para hervir mi sangre a cada bombeo del corazón. 

Es todo tan desagradable. 

Ando un par de pasos hacia la aparente carretera, en la cual se eleva una especie de neblina espesa y borrosa por el calor exasperante, y no hace más que confundir mi destino incierto y las pisadas. 

Llego a ésta y hago autostop, esperando algún Ferrari o similar en el que montar mi sucio culo lleno de arena. Al rato, acaba parando un mercedes blanco lleno de moros y serpentinas. Estaban de boda.

Me montaron en el coche y les dije que me llevaran hasta algún sitio céntrico de la ciudad. No recuerdo si pidieron dinero o no. No sé arabe. Solo tuve que bajarme del coche cuando frenaba un poco para aterrizar, de nuevo, en un suelo ardiente y no sociable conmigo; una quemadura en la cara me queda de aquella dinámica experiencia. 

A mi suerte, toda la que carecía hasta ahora, estaba en la puerta del magnífico e imponente hotel Burj-Khalifa. Un hotel que en mis condiciones físicas jamás sería olido por mi, jamás oiría las voces internas por mis tímpanos y jamás tocaría, ni tan siquiera, el mísero botón del ascensor; por lo pronto. 

Perdido estaba, sin dinero, ropa, higiene, comida e idioma. Adolecía de todo aquello que catalogan como necesario para viajar. 

Lo único que conservaba mi podrido y torturado cerebro era la psicopatía y una capacidad sumamente grande para el robo. Con dinero, las faltas no serían más que actos y experiencias del primer día. 

Anduve por los alrededores, sin dirección ni sentido alguno. Cumplia espacio recorrido, desplazamiento o no, ya es otro saber. 

Encontré una cafetería con cientos de personas (y como dirían en mi tierra: con cientos de terroristas. Tal como lo llamaban a todos después de las Torres Gemelas).

Aunque, por otra parte, quizás no. No eran personas, sino víctimas. Víctimas de un robo por mis manos agrietadas y resecas. 

Un objetivo perfecto hizo de blanco en las cruces de mira mental. Estaba en una esquina, sentado con su móvil en la mano, portátil enfrente y cartera a la derecha, -era diestro-. 

Iba acercándome y parece que los astros se alinearon para ayudarme y en ese mismo momento el señor moro fue llamado; dejando de espaldas su cartera llena de tarjetas de oro y billetes con un olor más hermoso que el del Khalifa. 

Sigiloso, rápido y mortal me acerqué y cogí su cartera. Salí corriendo.

Mi memoria corta desconoce si se percató del hurto, pero no me importaba. Solo corría y corría con cartera en mano. 

Volvía a correr sin dirección ni sentido, cumpliendo el espacio recorrido sin que coincidiera con el vector desplazamiento. No había ecuación horaria. No tenía reloj, no tenía qué haceres, no tenía obligaciones. No tenía vida. 

No era nada en un país que era nada. 

Pero tenía dinero y ganas. Era feliz tocando esos billetes una vez que dejé de correr y frente a una tienda de ropa (marca ilegible y desconocida), me paré. 

Entré en la tienda. El olor a algodón y lana se distribuía por cada metro cuadrado del local. Mi mirada se fijó en un dishdash blanco. Era sencillo pero así era la típica vestimenta local. 

Lo compré. Solo costó un par de billetes, nada grave ni demasiado costoso para la cantidad que aún quedaba entre el cuero. 

Ahora estaba mejor vestido para poder entrar en el Burj Khalifa. De este modo podría comparar esos olores ya imaginados por mi mente desorientada. 

Por la acera iba caminando en busca de alguien que me indicase el camino. Estaba presentable y con dinero. 

Así se triunfa en Dubai. 

Dinero y apariencia, lo demás no importa. Nunca importa. 

Pude encontrar a un par de policías, ¿irónico no cree? y con mi inglés yankee pregunté por el camino al hotel: ninguno respondió, todavía desconozco si por mi basta pronunciación o por ignorancia. Siempre será desconocido, no obstante ahora no importa gastar pensamientos ni ocupar petabytes en ello. 

Seguí andando y andando hasta un cúmulo de edificios y, allí en medio, tan majestuoso, estaba el Hotel Burj Khalifa. La obra de arte e ingeniería más perfecta y bella del mundo. La misma y decepcionante Mona Lisa nada tiene que envidiar a semejante amasijo de materiales occidentales y orientales. Una obra para ser cubierta por un gran velo negro y que solo aquellos elegidos puedan ver a traves de los telares. Solo una obra para los dignos, pero que, sin embargo era vista por vagabundos, yankees con dinero robado, moros de a pie y los excéntricos y vomitivos ricos de Ferrari y Lamborghini. 

Anduve hasta la puerta principal, posiblemente era una de las otras tantas. Entré.

Era jodidamente majestuoso. Tanto que la cúpula del Hotel Palace se queda muy pequeña. 

Me dirigí hacia recepción y en vez de interrogar por una habitación o intento de robo: pedí por un trabajo. Si, así es. Tal vez cobraría una miseria pero sería feliz mientras estuviese allí dentro. 

Era Rembrandt en su Marina y mientras todos tenían expresiones de agobio, yo, un yankee con dinero robado, era feliz con tan solo mirar la pintura y trazos del cuadro. 

Con un poco de soborno me dieron el papel del botones, nada glamuroso. Pero era la excusa perfecta para estar allí y visitarlo todo. 

Dormiría en una habitación de  ̈invitados ̈  y con acceso a comida, mis necesidades estaban cubiertas. Después de mi dejada de papel marcado impreso sobre la parte baja de la mesa del mostrador, yacía el cuero tocando el cuero. Sin nada de por medio que impidiese el roce de pieles muertas.

Era Rembrandt en su Marina y mientras todos tenían expresiones de agobio, yo, un Yankee con dinero robado, era feliz con tan solo mirar la pintura y trazos del cuadro. Era Rembrandt en su Marina y mientras todos tenían expresiones de agobio, yo, un Yankee con dinero robado, era feliz con tan solo mirar la pintura y trazos del cuadro.

Pasando de la arena desconocida, las calles atullurantes y policías incompetentes a estar dentro del encuadre y del marco. 

Cobraba a fin de mes, quizás esa era costumbre suya o una invasión de occidente. Quién sabría. 

En mi trabajo cotidiano me topé con aquel hombre al que había robado. Jamás olvido la cara de mi víctima, no vivo con remordimientos, eso nunca, pero no olvido. En cualquier caso, ¿puede un psicópata olvidar a quien mata?. 

Matar, robar, violar… es sencillo, lo complicado es vivir con el remordimiento. Acabar con una vida es fácil, aunque yo hubiese matado sin sangre. 

Recordé cada sección facial en cuanto entró por la puerta y se dirigió hacia mí con diligencia. 

Estaba asustado, por primera vez sentí miedo y mis pelos se erizaron a cada paso suyo. Ahora pinchaban y estos parecían entrar en piel mía para clavarse en forma de incertidumbre. 

Lo tenía enfrente pero no supo quién era. Los pelos volvieron a su posición de aletargamiento. 

Preguntó para descargar sus maletas y subirlas a la habitación; dije que sí. Era el botones. 

El tipo tenía acento local pero un inglés nada más que perfecto y sublime, es así comprensible su despreocupación por la pérdida de su cartera y billetes. 

Cogí las maletas que lo acompañaban como un perrito callejero a quien le ofrece comida. Subimos a su suite y las dejé en la puerta, él entró y así se perdió todo posible contacto mayor. 

Los días pasaron y él iba por el hotel como si de suyo se tratase. Todos los días la monotonía inundaba el oro de la paredes, los suelos de mármol, los pasillos de servicio, baños, puertas de emergencia…, todo. Nada era distinto al día anterior pero continuaba siendo ese iluso creyente que nunca me cansaría de estar allí, que podría ascender en el mando como si perteneciera a la banda de los número de sudáfrica. Que erróneo pensamiento era ese. 

Un día cualquiera, de una semana cualquiera y a una hora (como suplemento) también desconocida; encontraba mi persona cargando maletas y llevando el carrito con ruedas de suavidad pasmosa y barras bañadas en sutil oro, de un lado para otro. Justo pasé por su lado y mi cartera con un par de billetes de tono descolorido cayeron al suelo, con la inmensa suerte que el individuo inglés-moro hizo por recoger. 

Mi cara de felicidad empezó a dibujar un sonrisa de joker y miedo, mis cejas se juntaron esperando una bronca en árabe, mias arrugas se hicieron más graves a cada milisegundo que el hombre elevaba del suelo su rostro y mi (su) cartera. 

Qué pequeño e incongruente es el mundo. Por desgracia. 

Me miró. Lo miré. Nos miramos. 

Y en tan solo un segundo hizo por coger un objeto decorativo contundente, redondeado y dorado que estaba sobre una mesa de cristal en medio del hotel. 

Lo agarró y me golpeó en la cabeza. Es lo último que recuerdo. 

Ahora estoy despierto y mi cara sigue pegada a la arena de la playa artificial. Mis labios agrietados hacen por sangrar pero mi organismo niega cualquier pensamiento de mitosis. La piel del brazo que consigo ver, está resquebrajada por innumerables zonas y capas. 

Solo alcancé a mover (con forma letril casi precisa) la arena al frente de mis ojos. 

Escribí en el arenal

los tres nombre de la vida: 

vida, muerte, amor. 

Una ráfaga de mar, 

tantas claras veces ida, 

vino y los borró. *

Sobre todo el primero. 

Vuelvo a estar dormido. 

Las gaviotas me contaron que estaba muerto. 

                                                                                              18.03.2022, Dubai

                                                                                         Hasta entonces Darío, ahora Артур.

* poesía de Miguel Hernández

Poesía de Miguel Hernández (1910-1942). Poesía de Miguel Hernández (1910-1942).
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