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Beatriz- Relato
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No puedo decir que mi trabajo sea difícil, menos aún en los días que cuido de José. Otros pacientes patalean, insultan o incluso llegan a ejercer usos liberales del bastón sobre mi brazo o mis pantorrillas. Pero ese señor menudo y amable se dedica a sentarse y observar. Le tiemblan las manos cuando me ofrece continuos vasos de agua. “Aquí hace mucho calor”, me dice, como si quisiera justificarse. Su voz también parece temblar, algunas voces ancianas suenan como rocas chocando y afilándose las unas a las otras, pero la suya no, no sabría describirla con exactitud, a veces es como la llama de una hoguera, inconsistente, cálida, esperas que su lugar esté en un amplio salón con voces y música alrededor; pero otras veces recuerda más a olas tratando de engullir las rocas que las delimitan, constantes y solitarias.

A José le gusta sentarse en su silla y hablar durante todo el tiempo que esté allí. Al principio me pedía permiso, interrumpiéndose continuamente por miedo a estarme aburriendo o dificultar mi trabajo; pero no me hicieron falta más de un par de semanas para hacerle comprender que no era el caso. Con esa voz y esas manos suyas me cuenta mil historias. José es un señor culto, que estudió mucho cuando pocos podían y planeaba continuar aprendiendo hasta que no le quedase un segundo más que gastar en este mundo. Adoro mi trabajo, sin excepción, pero pronto empecé a atesorar mis momentos con José más que con cualquier otro paciente. Creo que de esto me di cuenta un día que me abrió la puerta ya con su habitual vaso de agua, aquel día me fijé en que las arrugas de su mano me recordaban a un paño empapado y de cuánto parecía pesar el vaso cuando estaba envuelto en ellas.

“He oído que subías por las escaleras” me dijo “y he pensado que te haría falta refrescarte”. José no tenía un oído excepcional, ni si quiera para su edad, ni yo era una persona especialmente ruidosa, así que necesitaba haber estado en la puerta para oírme subir. Durante todo el día me pregunté durante cuanto tiempo había estado aquel hombre en la puerta, solo y cansado, solo para recibirme con una sonrisa.

Obviamente, como cualquier persona al llegar a cierta edad, José tenía sus excentricidades. Aunque solo una de ellas era lo suficientemente notable como para rondar mi mente de vez en cuando: Beatriz. Los ojos de José brillaban de manera excepcional cuando hablaba de Beatriz y me contaba que cierto día iba a venir, que algún día tenía que conocerla. Beatriz era preciosa, con pelo de cobre y ojos repletos de pepitas de oro, adoraba los dulces y mantenía con José las conversaciones más interesantes; aunque, según José, Beatriz también era cabezona en exceso y lloraba con facilidad, cosa que frustraba al hombre, pero se lo perdonaba tan pronto como veía los lagrimones caerle de los ojos y las contorsiones de su rostro al tratar de ocultar sus pucheros. Sin embargo, el dato más intrigante sobre Beatriz no lo había aprendido de José, sino de mi supervisora, la cual me pidió que no favoreciera tal tema de conversación ya que, hasta donde ella sabía, Beatriz no existía.

Yo no era capaz de hacer algo así, no podía ignorar la felicidad de José cuando preguntaba sobre ella y le daba la oportunidad de elaborar sobre lo maravillosa que era su compañía, sobre cada detalle de su cara o sobre los gestos que hacía al hablar. Lo que sí evité por su seguridad fue cualquier pregunta que pudiera hacerle dudar. Nunca pregunté cuando la veía, de qué se conocían o cuando la vio por última vez. Mantuve a Beatriz como una presencia entre nosotros, nada sobre ella era concreto, pero pequeños detalles flotaban en el aire, posándose de vez en cuando en nuestra conversación, pero nuca aterrizando por completo. Empecé a verla como un diente de león, cuya magia se pierde si le permites tocar el suelo. Pero no pensé que cuando yo no estaba para soplar, eventualmente caería.

ꟷ Bea no va a venir nunca.ꟷ Me dijo entre lágrimas un día al poco de abrirme la puerta.ꟷ ¡No va a venir, no va a venir, no puede venir!

Lo repitió tantas veces que perdí la cuenta. Traté de preguntarle qué pasaba o qué había pasado, pero él solo pataleaba y lloraba como un niño desconsolado. Había visto, veo y veré a muchos ancianos llorar: por soledad, por dolor, por delirio… Pero ver a José llorar en aquel momento me rompió el corazón por encima de todos ellos.

                ꟷ¡No va a venir nunca!ꟷ seguía repitiendo

A estar alturas podía ver claramente que estaba teniendo un ataque de ansiedad “¡no viene, no viene, no va a venir nunca!” Lo repetía con toda la fuerza de sus pulmones a pesar de a penas poder controlar su respiración. Lloraba, moqueaba, gritaba y me lo repetía “nunca, nunca”. Logré darle su medicación, pero no paraba.

Sentí que traicionaba nuestro tiempo juntos, pero pude respirar por fin cuando la medicina le entrecerró los ojos, aún goteando, y lo acompañé a la cama sólo para sentarme a su lado y llorar yo ahora que no podía oírme.

                ꟷ Bea me odia, por eso no va a venir

Fue lo último que me dijo antes de dormirse, con la voz rota y los ojos agotados, no sé si de llorar o de mirar. La frase me persiguió hasta mi propia cama aquella noche, donde tomé una decisión.

A partir de entonces hice todo lo posible por echar a aquel fantasma de nuestros ratos juntos. La barrí y limpié de cada superficie. Si el la nombraba, yo cambiaba de tema, y si persistía, lo ignoraba tan amablemente como me era posible. Las conversaciones no volvieron a ser iguales, pude sentir como yo misma poco a poco extinguía una de las luces de sus ojos, pero me dije que no importaba, que tenía más, que era por su salud.

Hasta que no pude fingir más.

                ꟷBea, no me puedo creer que hayas venido.

Aquel día me recibió con la sonrisa más grande y sincera que jamás había visto. Traté de sacarle de su engaño, pero me lo hizo imposible, a veces con palabras y otras con miradas. Nunca había visto un amor tan inocente en los ojos de nadie.

                ꟷHas tardado mucho en venir a verme, pero no me llores, que te perdono ¿Cómo no te iba a perdonar? ¿Me perdonas tú a mí? ꟷdijo señalándose el anillo de bodas, apenadoꟷ No supe esperarte, Bea. Pensé que me haría feliz, pero… ꟷse le inundaron los ojos, pero pronto sacudió la cabeza y se incorporóꟷ Tengo una sorpresa para ti, Bea, en la nevera, ven

De la nevera sacó una tarta de tres chocolates, aparentemente casera, casi me derrumbo a llorar al acordarme de que José odiaba el chocolate

                ꟷLa compro todas las semanas, corre, pruébalaꟷ Me dijo sirviéndome un trozoꟷ no es la de mi madre, porque nunca llegó a darme la receta, pero creo que esta te gustará, la panadera me dijo que era de sus favoritas, ¡y casera, además!

Me comí el trozo al principio con cautela y poco a poco más relajadamente mientras él me servía más y me hablaba de cuántas cosas habían cambiado en el barrio, cuantas tiendas habían abierto y cerrado.

                ꟷHay una librería nueva aquí al lado con un club de lectura que te encantaría. Cuando podía salir solo iba todas las semanas y tomé un montón de notas para ti. Ya verás cuando veas la cantidad de recomendaciones de libros que te he preparado.

José rio, pero yo no pude, recordé la cantidad de libros y libretas acumuladas en su despacho.

                ꟷSabes que no he sido muy buen lector nunca, pero creo que he mejorado bastante, creo que hasta podríamos tener una buena conversación sobre libros sin que te desesperes.

La sinceridad de su risa me partió el corazón. Siguió haciendo bromas y mirándome con aquellos ojos llenos de ternura y yo me resigné a ser Beatriz durante aquel día.

En algún momento de la conversación dejo de servirme trozos de tarta y pasó a enseñarme su piso, me presentó a los gatos “cada vez que adopto a uno me acuerdo de ti”, le decía a Beatriz, recitó sus nombres casi cantando, como un niño y acarició a cada uno con suma atención. Enseñó las vistas de cada ventana y en algún momento llegó a su habitación, con la cama a duras penas hecha. Yo solía hacérsela al llegar, pero hoy aún no había tenido oportunidad.

                ꟷLo siento, sabes que se me da mal, y ahora con tantos dolores me cuesta aún más, aunque sé que no es excusa.ꟷ ya no sonreía y sus ojos se habían posado en la mesilla de noche, pensativos y profundamente tristesꟷ En el lado derecho, en tu lado, tengo tus cosas en la mesilla. Siempre las tengo ahí, viva donde viva. Rosa, mi mujer, fue muy buena con eso, siempre lo entendió. Era muy buena mujer, pero no eras tú.

 Miró por encima de mi hombro, como si buscase allí el rostro de su Beatriz, la Beatriz de verdad.

                ꟷYo voy a tumbarme un momentito, tú míralo, las habrás echado de menos.

Se tumbó con dificultad en la cama, resoplando, mientras yo decidí acceder y abrir el cajón de la mesilla. Había un par de libretas que parecían diarios, algunas joyas pequeñas, muchas notas de amor tan pequeñas y desgastadas que apenas se leían. Debajo había una foto, de un joven José y una muchacha de cabello de cobre y pepitas de oro en los ojos, Beatriz. No tendrían más de 20 años y sonreían con aún más alegría de la que me había recibido hoy.

                ꟷBea… ¿Pude haber hecho más? ꟷDudóꟷ La verdad es que estoy algo molesto contigo, no sabía si decírtelo o no, pero siempre nos lo contamos todo y no quiero que te vayas otra vez sin saberlo

Me extendió la mano e inmediatamente supe que debía extenderle la mía. Aquel trapo húmedo se derramó entre mis dedos como si no los quisiera dejar escapar nunca.

                ꟷTe dije que te amaba cada día de nuestra vida, te apoyé, te quise más que a nadie en el mundo… por eso…ꟷ su voz empezó a romperseꟷ Cuando me dijeron que tú… Que ya no… Que habías…ꟷla mano le temblaba sin perder un segundo la firmeza de su agarreꟷ Bea, mi vida, yo me culpé, y no quiero que te sientas egoísta, porque sé que seguro que lo sentiste, pero necesito que sepas que me culpé, que me culpo. Necesito que tengas claro que cada día pienso que si yo hubiera estado aquel día contigo tú no habrías saltado. Dejé aquel piso porque sentía que podía ver la huella de tu mano en la barandilla, pero ahora la veo en cada esquina a la que miro. Me pregunto si dudaste, si pensaste en mi si…

Dudó, había elevado su voz, entre afectado y frustrado. Respiró antes de seguir.

                ꟷPero ya está, ya pasó y ya estás de vuelta, ya te tengo a mi lado para siempre.

Pasó unos segundos de silencio entrecortados por una respiración forzosa, una fluctuación de fuerza poco antes de liberar por completo mi mano. A día de hoy juraría que le oí susurrar unas últimas palabras antes de soltarme, como también juraría que la soltó a conciencia sabiendo que soltarme yo después sería mucho más duro y desagradable. Lloré durante casi una hora hasta que las autoridades llegaron, sentada al borde de la cama, junto al cajón de la mesilla de noche abierto, sosteniendo una de las pocas notas que aún eran legibles, en ella estaban escritas las palabras que juraría habían sido el último aliento de José.

“Lo siento, gracias, te amo”

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