5 tigres me invitaron a comer.

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Hay un fragmento de mi selva que le tengo especial afecto.

Con vista al río de aguas a veces muy achocolatadas y a veces no tanto, una cueva es el lugar elegido para los festines.

Intento ser precavido y observo a distancia moderada, permanezco lo suficientemente cerca como para que mi olfato entrenado active los jugos gástricos.

Estudio con dedicación, de la misma forma que un zoólogo lo hace con el entorno connatural, como se reúnen a deleitarse sin escrúpulos, privaciones ni vergüenzas, estos personajes en cuestión.

Son 5 y se les conoce con el término de “Los 5”.

Uno muy distinto al otro y cada cual con sus particularidades y dominios.

Adultos ya, con sus vidas vividas al ritmo salvaje que demanda esta jungla intrincada. 

Son sin lugar a duda un grupo digno de examinar con atención.

Hay algo que los identifica y nuclea, algo que los distingue y congrega. Un buen paladar.

Organizados se turnan en la caza y alternan la preparación del quehacer con referencia al banquete. 

Trabajan con eficiencia, como un buen equipo coordinado. Eso es lo que les da ventaja sobre los otros. 

Pero pude notar que estos tigres maduros tienen una buena razón para juntarse cuando el sol golpea desde la verticalidad. Al parecer no solo es el deleite gastronómico lo que los aglomera, algo más hay detrás de ese telón culinario.

En este pedazo de selva conviven animales de muy diversas características. Bastante diferentes entre sí, pero todos con el mismo fin, sobrevivir.

Hay algunos más activos y otros más pasivos. Algunos que pasan cada tanto y otros que están todo el tiempo rondando. Algunos ruidosos y estruendosos, y por supuesto, los silenciosos.

Los hay grandes y chicos, algunos andan en familia y muchos, la gran mayoría, solitarios.

Muchos de estos animalitos son invitados a la cueva y con buena suerte llegan al postre, o son el postre. 

Otros de porte digno y más respetados de vez en cuando entran, con invitación previa por supuesto, y logran salir para poder contarlo.

Es extraño como los animales, por un lado quieren y por otro no quieren, entrar en la cueva. Navegaban con las olas de la indecisión, envidia y miedo. Solo lo entendí cuando estuve dentro.

De lejos noté que además de comer, estos tigres ríen. Si, ríen. Y lo hacen de forma vasta, extensa y profunda.

Intercambian mucho entre si. No dejan tema sin examinar bajo la lupa del humor y la verborragia. 

Se apoyan en un sagaz ingenio para de cualquier circunstancia, por efímera o simplista que sea, lograr mutarla en diálogos de comedia chaplinesca y así exprimir hasta el último ápice de carcajada. Nadie se salva, nadie. 

Un día llegó la invitación esperada, un simple convite a un almuerzo sin importancia. 

Sentí emoción, no lo voy a negar. Esa que siente un niño cuando es llamado por otros niños más grandes a participar de algún plan divertido o juego. 

Dude. Quería ir, pero no quería ser el postre. 

Pensé que tal vez con algo de suerte divina podría salir con vida, o al menos sin alguna parte del cuerpo. Valía la pena arriesgar.

No acepte. Y seguí mi camino.

Anduve un tiempo vagando, dando vueltas y dejé de prestar atención a la cueva y a los tigres y  festines. 

Me dedique a mis tareas, disfrute de la selva y no mucho más.

Cada tanto me cruzaba con alguno de "Los 5" a orillas de río o en algún claro selvático. Intercambiamos algunas ideas, recibía algún consejo simplón y cada cual por su lado.

No tardó mucho en llegar la segunda invitación. Esta vez acepté.

No recuerdo ni el día, ni cuál fue la comida servida. Solo recuerdo que reímos mucho, reímos hasta casi el desmayo. 

Por un momento pasó por mi mente la idea de que estaban ablandando mi carne con risas para después engullirme como a un filete tierno de esos que cuestan una pasta en algún restaurante fino. 

Pero no. Resultó que calce bien en el clan, entendí rápidamente los códigos, el lenguaje y expresiones codificadas que solo ellos saben interpretar en complicidad amistosa.

Al otro día no tuve que pedir permiso. Entré, me senté, comí y sobre todo, reí.  

Desde entonces almuerzo con "Los 5" todos los días. 

Cada vez comemos mejor y reímos más. 

Cada tanto cuando camino en solitario por mi selva, escucho susurrar a otros animalitos que dicen en voz baja: “-mira, ese que va ahí es uno de

“Los 6”

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